Una Semana Santa en Los Mélagos
Sergiio Anaya
Sábado 12 de Abril de 2014

Era nuestra primera Semana Santa como chamacos independientes de nuestros padres. Formidable para ese grupo de cinco amigos, el menor de 14 años, el mayor tenía 16, cuando mucho. Lo suficientemente grandes para rebelarnos y no aceptar el paseo amarrados a padres, madres y tías que se la pasaban jorobando si nos metíamos al mar unos metros más de lo prudente, que nos obligaban a comer a la hora que ellos lo decidían y nos cuidaban como si fuéramos de cristal.

Por eso aquella Semana Santa debía ser especial. Nosotros solos, libres de la tutela familiar para hacer lo que quisiéramos, en especial algo que nos empujaba a la playa: El ir y venir de muchachas en traje de baño, deseosas de platicar y convivir con hombres que ya empezábamos a lucir un incipiente bigotito y el cambio de voz nos daba un aspecto varonil consolidado. Bueno, eso era lo que pensábamos de nosotros mismos en el delirio hormonal de esa época.

Libertad, mar, comida libre y cervezas, más algunas muchachas que tendrían la suerte de conocernos, todo eso nos motivó a tener preparado el viaje desde el sábado. Una casa de campaña hechiza, construida con una vieja lona de camión de carga y fierros encontrados por allí. Una provisión de latas de atún, sardinas y galletas saladas. Además de los trajes de baño y playeras que -seguíamos pensando- nos harían irresistibles ante las muchachas.

El primer desencanto fue el día de la salida, planeada para el domingo y prolongada hasta el miércoles pues la vieja camioneta que el padre de uno de nosotros habría de prestarnos estuvo disponible hasta ese día. Sin una gota de gasolina, con las llantas lisas y un traqueteo que hizo insoportable el viaje de más de una hora hasta la playa.

Por fortuna el entusiasmo inicial prevaleció y el traqueteo de la vieja camioneta fue motivo de bromas y anécdotas que empezaban a acumularse para contar al regreso a quienes no habían podido acompañarnos. En particular a los que seguían siendo niños y no pudieron deshacerse de la tutela familiar en vacaciones.

Ya en la playa, la instalación de la carpa llevó todo el resto del miércoles, entre buscar más varillas para sostener la lona y asegurarnos que tuviera cupo para los cinco. Al final teníamos una carpa amplia pero sin piso. Pequeño detalle. Entonces nadie usaba sleepings así que debimos poner las cobijas abajo de nosotros para hacer un poco de colchón y atenernos a los suéters que teníamos para el frío. Eran buenos suéters de día; de noche apenas si sirvieron para nada. El frío junto a la playa calaba los huesos con su humedad y en pocos mintuos la lona de tan helada parecía nalga de pingüino, dijo alguien.

Cada noche, de miércoles a sábado, fue un verdadero martirio por el frío que mitigábamos sólo una o dos horas gracias a la fogata de palitos y otros desechos que debíamos recolectar detrás de las lomas de arena, donde nos pasábamos varias horas haciendo esto y otras necesidades del tipo fisiológico. Después de la fogata, a eso de la uno o dos de la mañana, cuando ya todos los paseantes se habían regresado a la ciudad o dormían en sus cómodas casas de campaña, nosotros entrábamos con resignación a la precaria casita de campaña que ya nos adelantaba algo de del futuro y sus casas de interés social. Noches de frío extremo cuando nomás tienes un suéter o una chamarrita vaquera de las que estaban de moda. Las cobijas como colchón y apenas sobraba una para taparnos cuando podíamos si algún durmiente no se enrollaba en ella. Por respeto al buen gusto de los lectores no haré referencia de los gases nauseabundos que hacían salir a todos bruscamente, mientras el autor se quedaba a gusto dentro de la carpita.

Pero las noches incómodas no fueron tan pesadas como la variedad gastronómica de la que nos habíamos provisto. Al segundo día en la playa ya estábamos hartos del olor de la sardina y el sabor del atún, que además no llenaban nuestras panzas de púberes insaciables. Aunque nadie lo reconociera, en dos días empezamos a extrañar la caliente cómida que a diario nos servían en casa, con sus tortillas de harina, café con leche y quesito, manjares que sí disfrutaban las familias de vacacionistas allí presentes. A la hora de la comida nos acércabamos como perros callejeros los grupos familiares y si había algún conocido conseguíamos una invitación a probar un taco de tortilla de harina con frijoles, ya un poco acedos pero riquísimos. Sin embargo lo común era que sólo viéramos pasar los bocados de las manos amorosas de una señora gorda a las bocas poco solidarias de su prole.

Aprendimos que la libertad tenía su precio, sin embargo no le dimos mucha importancia a eso porque a la edad en la que estábamos no teníamos tiempo para pensar en tesis filosóficas al estilo de Facundo Cabral, nuestro filósofo de cabecera.

Lo único importante, y tal vez la mayor frustración, fue no encontrar a las generosas muchachas que debían enamorarse de nosotros en esa Semana Santa. Todas las que veíamos parecían indiferentes o coqueteban con muchachos de mayor edad. Además ninguna usaba traje de baño sino unos horribles shorts y holgadas playeras con las que se metían al mar. Nada de curvas sensuales e insinuantes pechos bajo la camisa mojada. Sólo trapos encima de trapos cuyo objetivo evidente era evitar provocaciones lascivas, tal y como lo ordenaban las decentes madres que no perdían de vista a sus hijas cuando algún galán se les acercaba.

No hubo esa Semana Santa en Los Mélagos, hace cuarenta y tantos años, una recompensa a nuestros sueños de chamacos que ya se creían hombres hechos. Ni aventuras edificantes ni descubrimientos asombrosos, mucho menos conquistas amorosas que ya empezaban a urgirnos. No hubo nada de eso, sólo el regreso a casa con quemaduras en la piel que prolongaron las noches tortuosas de las vacaciones.

Pero cada vez que me encuentro a alguno de los amigos que estaban allí, nos acordamos de esa Semana Santa como si hubiera la mejor época de nuestras vidas.

 
 

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