Mis recuerdos de El Mayor
Jorge A. Lizárraga Rocha
Domingo 05 de Junio de 2011

No uso la contracción Del, pues El Mayor era para nosotros como su nombre propio, por lo que se vale decir “de El Mayor” y no Del Mayor como sería gramaticalmente correcto. Su nombre le llegó de rebote por una película de la década de los 60s: Viento Negro protagonizada por David Reynoso al que le decían El Mayor ¿y por qué le decían así? Porque era “El Mayor hijo de la chirriada”, decían en la película, pues en esos tiempos estaba prohibido usar palabras groseras en público, no como ahora, que hasta las niñas de 8 años las dicen como si fueran vocablos cervantinos. Nuestra amistad fue aproximadamente del año 1964 (en el calor de la meritita adolescencia) a 1973, cuando cada quien tomó su rumbo ya como jóvenes adultos.

Tuvimos muchas vivencias que ahora, después de 47 años todavía las siento como contemporáneas; permítanme contarles tres de ellas. Obviamente tendré que suavizar el lenguaje, pues todavía creo que en los medios de comunicación se deben usar palabras decentes y no vulgaridades, como todos decimos en la vida diaria, pero que ahora, repito, son de uso común en los medios de comunicación incluyendo aquella que tenemos en la sala y recámara de la casa y es de acceso libre a personas de todas las edades de la familia, en la cuales influye fuertemente en su educación y forma de hablar.

La primera vivencia la titularé “Arañas en la cara”.

En la década de los 60 no era peligroso el irse de campamento y pasar la noche al aire libre, en el campo, nosotros lo hacíamos más o menos seguido; en esa ocasión nos fuimos para el rumbo del Estado de Guerrero, cerca de Chilpancingo adonde uno del grupo tenía un amigo que nos podía recibir en su rancho. El tal rancho no existía, sólo era una cabaña perdida en la sierra adonde este compa cuidaba unos árboles frutícolas, así que nos tuvimos que dormir en el suelo, sin nada que nos cubriera pues para nosotros pensar en tener un “sleeping bag” era sueño guajiro ya que estaban fuera de nuestras posibilidades económicas.

Después de chirotear en una poza adonde nos bañamos y hasta nos aventamos unos clavados, nos dormimos en el suelo. Al día siguiente cuando despertamos, El Mayor nos dijo a todos, “anoche hubo en eclipse de luna y estuvo a todísimo dar”, todos le reclamamos por qué no nos despertó para que lo viéramos, y él, muerto de la risa, nos dijo “es que estaba más divertido ver como al Chelo (ese era mi sobrenombre) le pasaron por la cara como cien arañas, fue un espectáculo único, ¡nunca había visto tantas arañas juntas! y el Chelo todavía trae una en la cara”; en efecto todavía yo traía una araña en la cara, pues en un acto reflejo la golpeé y la apachurré, de ahí el olor a madera que había sentido desde que me desperté, era una araña patona y café que viva debió haber sido bonita. En ese momento pensé no cabe duda que éste si es El Mayor…..

La segunda: “Pleito con el mecánico”.

En la calle de Bajío casi esquina con Coatepec en la Colonia Roma del D.F., que fue adonde pasamos esa bendita temporada al estar yo estudiando la prepa y la universidad, había un taller de autos en el cual uno de los mecánicos, le apodábamos El Mecano, era mayor que nosotros y un tipo muy abusivo pues era muy bueno para boxear y a todos nos traía asustados y le sacábamos la vuelta.

Una tarde de repente escuché un barullo en la calle y me asomé desde la ventana del departamento del enano Rigoberto y vi que el Mecano y El Mayor estaban discutiendo, me imagino que El Mayor estaba defendiendo a alguien que el Mecano estaba molestando, y a pesar del miedo que le tenía, se tuvo que sostener en su posición, así que empezaron los golpes. No duró mucho el pleito, pues El Mayor con un certero golpe le pegó en la mandíbula al Mecano y a éste se le pusieron los ojos en blanco, como en película de horror de esas tan comunes, pero ¡Seguía parado y queriendo tirar golpes!, pero clarito se veía que no tenía ningún control de su cuerpo. El Mayor casi llorando le dijo a los compas del Mecano “agárrenlo que no ven que está noqueado, no lo quiero lastimar” y salió corriendo hacia su casa, los amigos del Mecano se lo llevaron cargando y desde entonces nunca más se volvió a meter con ninguno de los amigos de El Mayor. Esa nobleza tenía El Mayor, ya que era un tipo de muy buen corazón que no quería lastimar a nadie pues era muy fornido para su edad.

La tercera: “La granja con huerta”.

El sentido del humor de El Mayor era muy agudo; en otra ocasión fuimos al pueblo de Amecameca, no recuerdo si es Estado de Puebla o Estado de México, la cosa es que mis hermanos tenían ahí un terreno, a las faldas del Iztaccihuatl adonde también nos íbamos de campamento.

Al pasar por el poblado, se me ocurrió hacer el comentario sobre una típica casa de pueblo mexicano que estaba muy bonita, arbolada y de vivos colores, entonces un primo de El Mayor, Miguel Ángel, el Greñas por segundo nombre, para enfatizar lo bonito de la casa dijo “y también tiene huerta”, todavía no acababa de decirlo cuando El Mayor le contestó, “claro arugo, i no or  onde entran y ambién iene entanas”. Todos soltamos la carcajada y le festejamos un buen rato, pero el Greñas no volvió a hablar en las dos horas de camino que en ese entonces se hacían desde Amecameca hasta la Colonia Roma, seguro pensando….. Este si es El Mayor ……

Se preguntarán ¿Por qué escribir sobre un amigo al que no ves desde hace 38 años?, la respuesta es que ya nunca más lo podré volver a ver; hace unas semanas me acordé de El Mayor y busqué su nombre en Google, claro que no como El Mayor sino como Fernando Peña Sustaita, y grande fue mi alegría al encontrarlo en Facebook, a los días recibí una respuesta a mi solicitud de contacto, pero esta no venía de El Mayor sino de su hija que me preguntó extrañada, ¿Y tú quien eres?, al explicarle que un amigo de su papá, me escribió tristemente que su papá había muerto hace ya casi dos años, que el 27 de agosto es su aniversario, pero que seguro le hubiera gustado reencontrarse con un amigo del que no sabía desde hacía tiempo y hacer remembranzas de su juventud; sentí como si nunca hubiera perdido contacto con El Mayor y su muerte me dolió de la misma manera que la de otros amigos a los que vi hace poco tiempo.

Su hija Gabriela me pidió que por favor le contara más cosas sobre su papá, pues quería saber cómo había sido durante su juventud. De ahí que decidí escribir esto para ella, pero al estarlo haciendo, decidí compartirlo con más personas, ya que me llegaron un par de enseñanzas al recordar a un amigo de la adolescencia, del cual, como con muchos otros, no he tenido contacto desde hace 40 años.

Primera: nunca debemos olvidar a los amigos de la adolescencia y juventud, y mucho menos a los familiares aunque no estemos en contacto con ellos, ojalá y los buscáramos más seguido para reafirmar esos lazos de amistad que, aunque ahora sean recuerdos vagos, nos unieron de una manera indisoluble.

Segunda: recordemos que todos tenemos un tiempo limitado de vida, así que debemos planear lo que vamos a hacer con lo que nos queda, que no sabemos cuánto es; preparémonos para disfrutar la vida como nos llegue evitando perder el tiempo en nimiedades que no nos llevan a nada, disfrutemos más tiempo con la familia y los amigos.

Gracias Fernando por hacerme recordar tiempos idos pero presentes, no cabe duda que sigues siendo El Mayor …. Pues me pusiste a pensar.

Jorge A. Lizárraga Rocha

6 de junio de 2011

 
 

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