Primero llegó uno al módulo, un hombre de 70 o más años, tomó la esquina de Coahuila y Boulevard Ramírez. Desde hace meses se instala allí por las tardes. Se sienta sobre un muro pequeño, come algo y callado, sin hacer ruido ni molestar a nadie, ve pasar autos y personas hasta que el sueño lo vence y se acuesta sobre una colchoneta que tiende en el suelo.
En días recientes llegó otro trashumante, más joven y con algunas pertenencias, un colchón, una vieja silla, perros que lo acompañan y algo para comer.
Apenas empieza a caer la noche y ambos ya están en el quinto sueño, con los perros junto a ellos y la basura que acumulan.
No será raro si después de ellos vienen otros de los muchos indigentes que deambulan por la ciudad sin rumbo fijo y sólo quieren un lugar donde descansar cuando termina el día.
Vecinos pierden un espacio que les pertenece
Esto tal vez no tenga importancia para las autoridades que les permiten pasar allí las horas de descanso. Tampoco para las almas piadosas de quienes los ven con indiferencia y respetan el derecho de los que sólo quieren descansar en cualquier lugar de la ciudad.
Pero este espacio público, el módulo "Julio César Chávez", se construyó para el esparcimiento de niños, jóvenes y en general vecinos del lugar. Y la presencia de los indigentes, aun cuando parecen pacíficos, inofensivos, aleja a las personas comunes, esta área ya no les pertenece. El aspecto, los malos olores y la suciedad que traen consigo los visitantes desaniman a quien quiera pasar un rato allí.
La intervención de las autoridades es obligada, aunque es muy difícil corregir un problema social que las rebasa.