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Hasta ahora todo va bien

Juan Manuel Vázquez
Martes 23 de Junio de 2026
 

Un gol, casi un accidente, bastó para sacar a 700 mil personas a las calles de la Ciudad de México. Mientras en Buenos Aires más de 4 millones celebraron la conquista de una Copa del Mundo en 2022, aquí se festejó algo todavía incierto: una victoria fortuita ante Corea del Sur y el liderato en el grupo. El contraste no minimiza lo que consiguió la selección mexicana ni la respuesta demencial de la gente que salió a festejar.

Un grupo de científicos en Hungría estudiaron los videos del Mundial de México en 1986 y descubrieron que sólo hacen falta 25 personas para iniciar una ola en un estadio. Dos docenas de aficionados aburridos son suficientes para poner en marcha la ondulación que luego avanza como si tuviera voluntad propia.

En ese efecto mariposa de aficionados, a veces, un solo gol puede desatar verdaderos tornados. Qué importa que sólo sea una victoria de fase de grupos o que una pelota encontrara a Luis Romo ante la portería; lo que se festeja es más que un logro: el torneo sigue abierto.

En el Mundial de 1970, los aficionados salieron a las calles porque no sabían lo que se sentía ganar. En cuatro décadas de experiencia en copas del Mundo, México sólo tenía una victoria y un largo historial de decepciones. De modo que cuando la selección nacional derrotó en aquel torneo a El Salvador y a Bélgica, la Ciudad de México enloqueció.

En el Periférico, los automovilistas bajaron de sus autos y se pusieron a bailar, la gente salió de sus casas poseída por una alegría desconocida, los transeúntes que miraban los juegos en los aparadores se abrazaban como si fueran viejos conocidos.

Según cuenta el ex delantero nacional Fraile Basaguren, aquello espantó al gobierno de Díaz Ordaz, quien decidió que el partido de cuartos de final ante Italia se jugara en Toluca. No hay que olvidar que las heridas de la masacre de 1968 aún estaban frescas y las congregaciones representaban una amenaza para la autoridad.

Si en 1970 se festejaba la victoria como un sentimiento nuevo, hoy en el festejo del triunfo ante Corea del Sur parecía una emoción reprimida por años de desencantos que sólo necesitaba un ligero soplo para convertirse en un monzón. Asistir al estadio a ver un partido fue privilegio de unos pocos, pero la celebración que se desató por las calles del Centro Histórico, a lo largo de Reforma y alrededor del Ángel de la Independencia fue todo un acontecimiento social.

En el fondo parecía una urgencia por compartir el relajo, esa pulsión que Jorge Portilla reconocía como una fuerza irreprimible en nuestra sociedad. En su ensayo La fenomenología del relajo lo describe como un impulso que se desvía del orden esperado, de esa norma a la que debemos plegarnos muy obedientes. Es una invitación a salirnos en desbandada de lo que debemos hacer, pero siempre de forma colectiva, porque el relajo es imposible en la soledad –nos dice–. Cualquiera sabe que uno solo no puede echar relajo, se necesita de la complicidad de los otros, del mismo modo que no se puede jugar al futbol sin al menos un compañero.

Estar en medio de la masa eufórica, compartiendo los sudores y la alegría tiene además mucho de terapéutico. Hay un alivio de sentirse devorado por la multitud, escribe Canetti en Masa y poder.

Ahí, arrastrado por la muchedumbre, el individuo pierde el miedo a ser tocado por lo desconocido; cancela, al menos imaginariamente, las diferencias y encuentra alivio. Es un instante feliz –agrega-- en el que ninguno es más ni mejor que otro; todos, al final, somos masa.

Esa masa también puede derivar en impulsos destructivos, o servir como abrigo para comportamientos viles. Aquel hincha racista del Crystal Palace, por ejemplo, que insultaba escondido entre la multitud de la grada mientras Eric Cantona abandonaba la cancha. Para alivio de muchos, el jugador del Manchester United decidió insubordinarse y callarlo con una patada voladora que se ha convertido en símbolo. “Eso es lo que ha hecho el gran Cantona: individualizar a alguien dentro de esa masa, señalarlo con el pie (más que con el dedo), sacarlo de su cómodo anonimato y darle su merecido”, escribe Javier Marías en uno de sus memorables artículos sobre futbol.

Por eso existe la figura del jugador número 12. La responsabilidad de la afición es alentar a quienes están sobre el césped y darle vida a lo que sucede alrededor del partido. El espectador del futbol participa: grita, hace olas y maldice. Si su equipo vence, la victoria también es suya.

Con pocas oportunidades qué celebrar, el aficionado mexicano se ha convertido en un experto en detectar lo que bien merece una fiesta. Una victoria que no garantiza superar los traumas del pasado o un gol accidental que da un triunfo también merecen una ciudad tomada. ¿Hasta cuándo se podrá celebrar en este Mundial? Nadie lo sabe, pero tal vez en el fondo se intuye que sólo será por un momento tan efímero como el aleteo de una mariposa.

En el inicio de la película francesa El odio cuentan un chiste perverso. Un hombre cae desde un rascacielos; a medida que desciende fatalmente se repite para tranquilizarse: hasta ahora todo va bien, hasta ahora todo va bien. Pero el narrador en el filme nos da el remate: “Lo importante no es la caída, sino el aterrizaje”. Aún estamos en fase de grupos y la afición demostró que tiene hambre de festejos. Qué importa que sólo haya sido un gol. Por el momento, todo va bien. No tenemos ninguna prisa por aterrizar.

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