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Jugó 17 temporadas pese a su enfermedad mental

Beisbol Zone
Viernes 21 de Noviembre de 2025
 

Ganó 2 Guantes de Oro, fue 2 veces All-Star y bateó arriba de .300 tres veces.

Pero nadie habla de eso.

Hablan del colapso mental, de las peleas, de las expulsiones, de la locura absoluta que lo convirtió en una leyenda… y en un problema imposible de controlar.

Antes de debutar en MLB ya era un fenómeno local en Connecticut.

Era tan bueno en básquet que Duke le ofreció beca completa, pero él prefirió firmar con Boston para “hacer enfurecer a cada fan de los Yankees”.

A los 21 años ya estaba en Fenway Park.

A los 22, había perdido por completo el control.

Los Red Sox intentaron convertirlo en shortstop.

Piersall respondió convirtiendo cada juego en una obra de teatro: imitaba a sus propios compañeros, se burlaba de los umpires, fastidiaba a los Yankees en pleno juego… y terminó peleando primero con Billy Martin y luego con su propio pitcher en el clubhouse.

Lo mandaron a ligas menores para que se calmara.

Él contestó trayendo una pistola de agua al campo y rociando home plate después de poncharse.

No frenó ahí: detuvo juegos robando la pelota, imitó al manager frente a 30 mil personas, y fue suspendido cuatro veces en tres semanas.

Boston le dio un ultimátum:

“Busca ayuda… o te vas.”

En julio de 1952, Piersall fue internado en un hospital psiquiátrico.

Tenía 22 años, recibió terapia de electrochoques y fue diagnosticado con lo que hoy conocemos como trastorno bipolar.

Y cuando parecía que su carrera había terminado…

regresó mejor que nunca.

En 1953 jugó 137 partidos y bateó .272, hizo atrapadas de circo en el jardín central y el 10 de junio se fue 6-6 en un juego —el primero en la historia de los Red Sox en lograrlo—.

Terminó top-10 en la votación al MVP… después de pasar el verano en un psiquiátrico.

Pero su historia con la locura no había terminado.

En Cleveland fue expulsado siete veces en una temporada (récord de MLB).

Corrió por el outfield haciendo “danzas de guerra” para distraer a Ted Williams, usó casco de ligas pequeñas en la caja de bateo y después de una victoria lanzó la pelota al marcador… y apagó las luces.

Cuando llegó a su HR número 100, lo celebró corriendo las bases de espaldas, mirando al pitcher Dallas Green, solo para humillarlo porque una vez le dijo que no hiciera “nada loco” cuando llegara a ese número.

Jimmy no solo jugaba béisbol…

abría el deporte en canal y obligaba a todos a mirar.

Una vez dijo:

“Solo intento vivir sin verme estúpido. No está saliendo bien.”

Y aun así se convirtió, sin querer, en el primer jugador en la historia de MLB en poner la salud mental en el centro de la conversación.

Más tarde escribió un libro (Hollywood lo convirtió en película, él la odió), fue comentarista (lo despidieron varias veces por decir barbaridades), entrenador, actor, invitado de radio… y un defensor de la salud mental sin jamás usar esas palabras.

Nunca fumó.

Nunca tomó alcohol.

Vivió hasta los 87 años.

Y decía que lo mejor que le había pasado fue, literalmente, “volverse loco.”

Jimmy Piersall:

El hombre que desafió a su cerebro, a su equipo, a la liga… y al béisbol entero.

Una estrella que jugó como si cada día fuera el último, y que dejó claro que a veces, para sobrevivir, hay que perderse por completo.

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