Era el primero de noviembre, casi las doce de la noche… el antiguo reloj de pared con su péndulo en círculo brillante paseaba sus reflejos de esperanzas ajenas de un lado al otro, jugando pertenencias, tic tac cardiaco perfecto desde hace ya 91 años, sin arritmias, bradias o taquicardias.
El reloj, herencia de su padre general revolucionario, quien contaba lo había canjeado por una arma de fuego en alguno de sus viajes al sur donde fue actor de cruentas batallas. Este testigo de cansadas manecillas, cronológica mirada, vio correr infancias felices, inquietantes juventudes con adioses y llegadas en los andenes del tiempo, y la consecuente desintegración familiar hoy en el baúl de los recuerdos y suspiros; cada quién sus nidos, con sus propias alas y sus propios destinos.
No le había ido mal, recordaba; una infancia feliz entre ambientes campiranos, atardeceres calurosos, noches estrelladas, viajes a la ciudad, estudios hasta el profesional y después, servir al pueblo que para eso estudió. Los principios morales paternos en la disciplina marcial y el cariño maternal eran las bases que guiarían su carácter aún por definir en la temprana edad.
Pero ahí estaba, inamovible con sus miedos frente al impasible reloj, las 11:30… y contando.
Era imposible no enamorarse de ella, fina, de estatura mediana femenil, con unos ojos verdes que ninguna canción pudiera describir, una lucha de colores en los dos extremos, gracias a dios, el amor padece daltonismo y el romance consumió los tiempos en los avatares de siempre… su compañera de vida en la “Vie en rose”. Ah!, recuerda cuando tuvo en sus brazos la razón más importante de su vida: una princesa que seguramente perfeccionaría la especie y sus colores, y hoy a distancia, orgulloso presume, aunque no se le pregunte, la descendencia que lo llena de orgullo y lo bien que el destino los arroba, y puede por ello, exclamar satisfecho: “No he vivido en vano".
Las 11:33. Por qué los recuerdos corren mas rápido que el tiempo, se pregunta. Ya han pasado 91 años, 14 más de la media nacional, pasando los noventa está uno más cercano a la muerte, víctima de la misericordiosa bendición de la sobrevivencia (no alcanzada por muchos), venga ésta de donde venga por cualquier causa, aunque él, esperando simpatías indulgentes, lo considera de origen divino, lo demás, como decía un artista cinematográfico de la edad de oro “No tiene la mayor importancia”. Conocía la muerte, sus estertores, por lógica no en carne propia, pero sí a simple vista en anfiteatros y prácticas de su profesión. ¿Cómo será la mías?, se preguntaba, ¿sólo se apagará la luz?, ¿se irá lentamente y sin violencia física?, ¿permitirá la despedida y sus bendiciones como en moderna eutanasia?. No, no tenia miedo a lo infalible, tenía todo en orden previniendo su partida, testamento, el anillo prometido a un amigo, inclusive ya había logrado la mayoría de sus metas, virtudes superaban pecados (que los tenía), gozaba de respeto social, buenos y agradecidos recuerdos de mucha gente, sostuvo a una familia, como lo mandan las buenas costumbres y realizó sus aspiraciones de buen esposo y ciudadano, buen padre y abuelo y una reputación profesional casi intachable (por si hay quejas) entre tirios y troyanos.
Bah. No le importaba la muerte, sabía que lo de la luz al final del túnel, el comité de bienvenida, San Pedro y sus llaves V.I.P. incluyendo el infierno, eran parte de una esperanzada y programada mercadotecnia religiosa que no tenía departamento de quejas o cuestionamientos, pero que, gracias a Dios la esperanza es más fuerte que la duda y ojalá exista lo que se pudiese cuestionar. Su miedo, que lo mantiene en ascuas, es un hecho anecdótico que espera no sea hereditario ni contagiosos, su querida hermana murió el mismo día en que nació, y él ¡mañana 2 de noviembre o sea dentro de 25 minutos cumplirá años!
Las dudas se acumulan con excesos de signos interrogatorios: ¿Me agarrará dormido? Por minutos se aferró a su sillón, escuchó contando una a una, las 12 campanadas del antiguo reloj revolucionario que anunciaba la llegada el 2 de noviembre el “Día de muertos tradicional”. Los primeros 20 minutos de ese sobreviviente aniversario lo animaban a esbozar una ligera y titubeante sonrisa con señales de triunfo, pero faltaban ¡Veintitrés horas y cuarenta minutos! Qué tal si… Trató de no dormirse pero sus cansados parpados ya andaban celebrando su 92 aniversario encadenando paranoias, cerrando ventanas y puertas a los hados malos y soltándose las pestañas en busca de ofrendas descuidad.
Solo alcanzó a decir: n-o- m-e a-g-a-r-r-a-r-á d-o-r-m-i-d-o-… La muerte sí llegó, pero solo para efectos de inventario, prometió volver pero en otra fecha porque el 2 de noviembre para mí - escribió la muerte- ¡Es mi día de fiesta!
Es Cuanto.